Reportaje: Viaje al centro del barroco cordobés

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by / Miércoles, 10 Julio 2019 / Publicado en Sobre Priego

Por Fernando Alcalá-Zamora

Desde la lejanía, una gran torre-campanario se recorta sobre la silueta que Priego de Córdoba traza entre las sierras de la Subbética. Junto al Castillo y al tajo del Adarve, la preeminencia de la construcción religiosa en el skyline de la ciudad da pistas al viajero de los tesoros que este paraje esconde.

 

Las fachadas blancas de las casas, en continuo contraste con el mar de olivos que las envuelve, se agrupan en torno a un casco histórico marcado por la plenitud de los diferentes periodos de los que disfrutó esta villa cordobesa. A lo largo de dos siglos, entre el XVII y el XVIII, sus calles vivieron una explosión artística en torno al arte religioso que quedaría anclada al nombre de Priego para la posteridad. 

 

Por entonces, la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción, de estilo gótico-mudéjar y rematada por su torre maciza, era la principal referencia de arquitectura religiosa de la ciudad junto a pequeñas ermitas. El punto de inflexión lo marcaría la llegada a Priego de Córdoba de Francisco Hurtado Izquierdo (Lucena, 1669), arquitecto de prestigio que comenzó a remodelar un gran número de construcciones y que, sobre todo, pondría en marcha un torbellino de creatividad en torno a su figura y a sus discípulos que acabaría por conocerse como la Escuela de Priego.

 

Así, el estilo y formas del barroco pasarían a mimetizarse con una ciudad en ebullición que, en ese momento, ofrecía a los artistas un lienzo casi en blanco para desarrollar su técnica. Las antiguas ermitas vieron expandidas sus naves, los techos ganaron altura y los retablos comenzaron a poblarse de obras complejas para convertir a los templos en espacios vivos. El juego de la luz y de las líneas curvas había llegado para quedarse en las iglesias de la localidad.

 

LOS TEMPLOS. A la espiral creativa de Hurtado Izquierdo le darían continuación los hermanos Sánchez de Rueda, Jerónimo (Granada, 1670) y Teodosio (Granada, 1676), y la saga avanzaría de eslabón a eslabón de forma sucesiva con Juan de Dios Santaella (Priego, 1718), Francisco Javier Pedrajas (Priego, 1736) y Remigio del Mármol (Alcalá la Real, 1758). Este último culminaría la creación de obras monumentales en la localidad con la Fuente del Rey. Todos ellos, con Priego de Córdoba como base común de operaciones, se retroalimentarían entre sí e introducirían variaciones estilísticas que saltan entre los muros de las diferentes iglesias.

 

 

Incluso antes de adentrarse en los templos, al viajero le sorprende la corta distancia en la que se ubican hasta ocho construcciones de gran tamaño, lo que permite imaginar la plenitud que alcanzó Priego en aquel periodo así como el asombro que para los habitantes supondría contemplar aquel crecimiento exponencial en el patrimonio de sus calles. Entre la parroquia de la Asunción y la iglesia del Carmen, las más distantes del casco antiguo, apenas existen 460 metros de separación. Junto a ellas, hasta otras seis iglesias comparten espacio en un radio reducidísimo, que no hace sino incrementar la fascinación de quien visita la ciudad.

 

Dos de las primeras remodelaciones se llevaron a cabo en las iglesias de San Juan de Dios y San Pedro, de planta de salón y de cruz latina respectivamente. Como apunta Manuel Jiménez Pedrajas en la Guía Multidisciplinar de la ciudad y su territorio, estas intervenciones pueden encuadrarse en un primer periodo de la Escuela de Priego, marcado aún por la línea recta pero en la que se percibe la incipiente explosión del barroco que se experimentará.

 

Fue a partir de las primeras décadas del siglo XVIII cuando la actividad frenética llevada a cabo terminaría por configurar en gran medida la imagen que hoy podemos contemplar. Las remodelaciones de la Iglesia de la Aurora (a partir de 1711), de San Francisco (1712), de la Asunción (1743), y finalmente de las Mercedes (1780) y el Carmen (1784), se prolongarían y superpondrían durante años hasta la llegada del nuevo siglo.

 

Grandes naves, complejos retablos, cúpulas gallonadas y trabajada yesería son elementos comunes que aparecen a la vuelta de la esquina, tras atravesar el dintel de las diferentes portadas de cada templo. Y en el interior de cada capilla, grande o pequeña, descansan imágenes de culto a las que dieron vida imagineros de renombre como Alonso de Mena, Pablo de Rojas, José de Mora o José Risueño.

 

SAGRARIO. Nuestro particular viaje a Priego de Córdoba, la interpretación de un fragmento de su rica historia a través del barroco, debe culminar en el límite de las callejuelas del barrio de la Villa, allí donde se alza una fastuosa cúpula. A un lateral de la nave central de la parroquia de la Asunción, en esa ubicación ya desde comienzos del siglo XVI, se descubre un espacio octogonal único: el sagrario.

 

Su decoración rococó, elaborada por el prieguense Francisco Javier Pedrajas en 1784, permite perderse en mil y un detalles bañados por la luz, que hace acto de presencia a través de ocho grandes ventanales. La estancia, desde el piso y hasta alcanzar el fin de su cúpula gallonada, proyecta en el visitante un efecto envolvente, panorámico, del que es difícil escapar.

 

Sólo el repicar del campanario permite despertar del letargo, hacer retomar el paso y salir de nuevo a las calles de Priego de Córdoba. Para entonces, la ciudad se percibe desde un prisma diferente. El viajero ha descubierto una joya entre el mar de olivos; el corazón del barroco palpita justo aquí.